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Piden a mujeres tejer redes
de alianza

Ciudad de México, Grupo Reforma, 29 abril 2003.- La mujer que anhela el poder debe ejercerlo directamente y no a través de alguien más, de lo contrario no se respeta la decisión que los electores tomaron en las urnas, opina la ex Ministra de Cultura española Carmen Alborch, a pregunta expresa sobre el excesivo protagonismo de la Primera Dama de México Marta Sahagún.

"Poder y responsabilidad son un binomio, por lo que el candidato elegido es quien debe responder ante los electores, en un afán de transparencia", señala la abogada, quien considera que a lo largo de la historia las mujeres han delegado la realización de sus deseos en personas en las que depositan sus expectativas.


Carmen Alborch.
Se desempeñó como Ministra de Cultura del Gobierno español, de 1993 a 1996.
Es autora de El ejercicio
de la ciudadanía
y Solas. Actualmente, preside la Comisión de Control de Radio Televisión Española del Congreso de los Diputados.

Grupo Reforma

En caso de que aspiren a ejercer el poder, lo mejor es que militen en un partido y se presenten en los comicios, sugiere Alborch, aunque se mantiene respetuosa de la cultura política de cada país, especialmente de América Latina, donde la figura de la Primera Dama ha tenido relevancia.

La autora de Malas (Editorial Aguilar), ensayo en el que plantea la necesidad de eliminar la misoginia entre las féminas y en su lugar establecer redes de alianza y complicidad, se refirió también a la importancia de lograr una mayor equidad de género en el Congreso, ya que al leer la prensa mexicana se enteró de que algunos partidos políticos postulan a las mujeres en diputaciones donde tienen pocas probabilidades de ganar.

Para contrarrestar esa tendencia deben existir mecanismos que garanticen que las fuerzas políticas más allá de cumplir con las cuotas de género, den a las mujeres oportunidades reales de participación política, mediante "un cierto trato de favor que compense una desigualdad histórica", tal como sucede en el Partido Socialista Español (PSOE), del cual es diputada.

Sororidad vs misoginia
Alborch confía en que para evitar la marginación del género femenino es fundamental combatir la misoginia entre las mujeres, lo cual implica desaprender los hábitos y comportamientos de la sociedad patriarcal para que "dejen de mirarse a sí mismas y a las demás con menosprecio".

La principal arma para lograrlo es la "sororidad", alternativa que apela a fomentar pactos entre mujeres y a luchar contra el desdén del que son objeto mediante la supresión del sexismo en el lenguaje, y a no exigirles a ellas más que a los hombres al dejar de verlos como si fueran "dos tallas más grandes".

"Al devaluar a las otras mujeres en cierta medida nos devaluamos a nosotras mismas, tiene que ver con nuestra propia autoestima... la complicidad se puede dar sin sumisión, ni jerarquías, si partimos de la premisa de que somos iguales pero diversas".

En Malas, libro que se presentó en el Club de Industriales, la autora pone en cuestión el hecho de que la solidaridad entre mujeres sea "innata", pues ese mito naturalista no está asentado en la realidad y, por lo tanto, provoca "frustraciones y decepciones".

Descarta, sin embargo, la idea de que las mujeres sean las peores enemigas de su propio género, por lo que en la publicación recoge las voces, entre ellas la de la antropóloga mexicana Marcela Lagarde, que abogan para transformar la rivalidad en relaciones de cordialidad y respeto. "Debemos aprender a disentir sin misoginia, incluyendo a las feministas".

Pese a que niega caer en el victimismo, Alborch reconoce que en el ensayo ve a los hombres como los hacedores, mantenedores y productores de una sociedad patriarcal y, aunque algunas mujeres han contribuido a oprimir a su propio género, son ellos los principales responsables de excluir y subordinarlas.

Admite que no faltan las que a costa de obtener éxito terminan masculinizándose. "Las mujeres que se alinean o mimetizan a la cultura patriarcal es porque creen que el poder les ha sido concedido por los hombres y no por sus propios méritos y capacidades", añade.

El poder sigue estando unido a la masculinidad, dice, porque las mujeres que llegan a ejercerlo son pocas y continúan siendo vistas como outsiders, como testigos incómodos, todavía representan una "anomalía histórica", piensa Alborch, consciente de que la competencia entre las féminas debe darse por medio de la lealtad.

"Si intentamos cambiar el mundo, algunos platos habrá que romper".


Editorial Aguilar

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